Ámbar

By tanatos

No me gusta mucho estar en casa. En casa me siento oprimido, y amenudo salgo a pasear por Madrid. En Madrid hay muchas cosas que me gustan, y hay otras tantas que no. Es el encanto de Madrid. Me gustan sus atardeceres, los parques, el Metro, la Plaza de Oriente, entre otras muchas cosas. No me gusta de Madrid el ruido, aunque tampoco me gusta el silencio. No me gusta la suciedad, ni la delincuencia. Hay una cosa que me gusta y no me gusta a la vez. Las obras. Las obras son el monumento por excelencia de Madrid. No me gustan porque son polvorientas, porque son ruidosas, porque son molestas, te pueden apartar de tu camino, y porque allí habitan seres un tanto raros. Me gustan porque se acaban, y cuando se acaben serán algo. Un parque, un edificio o una nueva parada de Metro, de Madrid. Quizá un nuevo restaurante, un nuevo banco, o un viejo pero renovado bar. Quizá una tubería, fibra óptica o un paso subterráneo. Un puente incluso. Algo serán.

Y por eso me gustan.

Mi ambigüedad sobre las obras me ha recordado a algo que hay mucho en Madrid. Son algo muy importante para una ciudad como Madrid, y que sin ellos todo sería un caos. Me ha recordado a un semáforo. El semáforo es uno de los seres más respetados de la ciudad. Monstruos de varias toneladas de chapa se paran o prosiguen según el color que muestre el semáforo. Él decide quien o quien no pasa. Sé que el semáforo no tiene nada de ambiguo. Es justo lo contrario. El bien o el mal, blanco o negro. Y en Madrid es así. Pero a pesar de esto el semáforo tiene algo que es lo más ambiguo que yo conozco. El ámbar. Es un ser caprichoso, pero a su vez sobrevalorado. Aunque es cierto que nadie le respeta, nadie parece saber el significado de lo que nos quiere transmitir. Los conductores no saben que hacer. Algunos aceleran, otros van parando. Ni paran ni siguen. Les sirve como advertencia. Esta es la verdadera importancia, el verdadero sentido del ámbar. Es nuestro guardian. Nos avisa de que algo prohibído va a pasar. Es como un cancerbero enano. Todo el mundo pasa por encima de él, pero su misión es igual de valiosa. Y está ahí, con ese propósito, porque no estamos preparados para la verdad del rojo. Todos deseamos al verde, todos odiamos al rojo, y el ámbar está ahí para marcar la diferencia. Está entre el rojo y el verde, entre el pasa y no pases, entre el bien y el mal. El ámbar de los semáforos es el más gris de los grises. Siempre en medio de todo.

Sí. Me gusta pasear por Madrid.

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