Todo blog que se precie, y casi todos los que he leído, llevan una presentación de su autor. Me han dicho que es la hora de que la haga, la presentación, pero yo no estoy tan de acuerdo. Intento, y no lo consigo, crear una cierta incertidumbre sobre el que lee, una cierta magia, sobre el que lee también.
Creo que es importante el anonimato para poder hablar de lo que uno quiera. Qué pensarían mis amigos si leyeran cosas sobre ellos, mis amigos, y se reconociera, porque reconocieron al autor. Podría perder amistades. Perder amistades no es algo que me agrade, y más con lo que me cuesta conseguirlas.
Aunque el otro día me hice amigo de una mujer muy simpática en el metro, de Madrid. La particularidad de los transportes públicos de una ciudad grande, como Madrid, es que cualquier persona puede viajar en ellos. Y da igual que tengan dinero o no. En Madrid, supongo que como en otras ciudades grandes, como Madrid, la gente se cuela en el metro como quieren. Pero yo no estoy aquí para hablar de la gente que se cuela en el metro, de Madrid. Conocí a una mujer. Mujer, que es algo que siempre me ha gustado, sería más o menos de mi edad. Le gustaba la música, como a mí. Le gustaba pasear por Madrid, como a mí. Le gustaba leer, como a mí. Y mirar por la ventana del metro, de Madrid, mirando los cables de colores. Rojo, amarillo, verde, azul, morado, blanco, todos juntos, como un mismo cable. Todos juntos bajando. Y subiendo. A veces desaparecen, y estás un rato buscando, y de repente vuelven a aparecer. Como si fuera magia (pero no la misma que quiero conseguir con el lector). Cables que cuando llegan a una estación, donde hay gente, se esconden debajo del andén. Tienen miedo a la gente del metro, de Madrid. Tienen miedo de ser pisados, de que alguien los pise, los rompa y no puedan seguir el camino por los túneles junto a sus compañeros. Pero duran poco las estaciones, y nada mas salir aparecen triunfantes, felices, y juntos. Arriba y abajo.
A esa mujer le gustaba mirar los cables del metro, de Madrid. Como a mí.