León

Un día iba por una sabana cualquiera dando un paseo. Vi que me acechaba un león cualquiera. Pero no era uno cualquiera. Un león cualquiera hubiera sido más sigiloso, se hubiera acercado más, y probablemente se hubiera abalanzado sobre mí para poder comer ese día. Le vi perseguirme desde lejos. Era patoso, y al andar pisaba ramas secas que hacían demasiado ruido como para cazar agusto.

Cansado de la torpe persecución, me acerqué para dejarle las cosas claras. Sorprendido me quedé cuando le ví casi famélico y con grandes calvas en su pelo. Sus dientes estaban mellados y sin punta. Me dió pena, así que quise consolarlo.

Al rato me contó su secreto. Quería que fuese un secreto, porque un león así podría ser atacado en cualquier momento. El león era huérfano de madre. De leona. Llevaba toda su vida comiendo hierba y frutos que caían de los pocos áboles que deja crecer el clima. No pudo aprender nada de su madre leona, y por lo tanto nadie le había enseñado a cazar. Quise quedarme, enseñarle todo lo que yo sabía.

–  Lo siento, me tengo que ir. Pronto se hará de noche, y bien sabes que la sabana se pone más peligrosa.

Al día siguiente, desayunando leí en un periódico local:

“LEON APARECE MUERTO. SE SOSPECHA DE UN GRUPO POCO NUMEROSO DE HIENAS”

La ley de la selva.

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